¿Cómo se relacionan las lenguas indígenas con la celebración del Día de Muertos?

Una conversación desde los territorios y las experiencias de las y los estudiantes de la ULIM

En los hogares, los panteones y los espacios comunitarios, la celebración del Día de Muertos también se escucha. Está en las palabras para recibir a quienes han fallecido, en los cantos que anuncian su llegada y en las conversaciones mientras se prepara la ofrenda. Escuchar esas voces permite acercarse a distintas maneras de comprender la muerte y de mantener los vínculos entre generaciones.

El 30 de octubre, estudiantes de la Universidad de las Lenguas Indígenas de México (ULIM) compartieron experiencias desde el tu’un savi, el otomí, el mazateco y el náhuatl. Durante el conversatorio, los recuerdos familiares y las prácticas comunitarias abrieron una pregunta compartida. ¿Cómo transmitir los conocimientos que acompañan la celebración cuando las lenguas van perdiendo espacios de uso?

Las palabras con las que se nombra la partida

Efraín Venancio Velasco compartió una expresión que escucha en su comunidad. Cuando alguien habla de su propia muerte, dice “cuando yo me vaya”. Detenerse en esas palabras permite reconocer una forma particular de pensar la ausencia. Quien habla imagina una partida y deja entre quienes permanecen la posibilidad de seguir nombrándole y esperando su regreso.

Desde su experiencia otomí, Efraín recordó que las lenguas guardan conocimientos y maneras de comprender el mundo. Su intervención invita a escuchar las expresiones cotidianas con mayor atención. En ellas pueden encontrarse sentidos que pasan inadvertidos cuando se supone que todas las comunidades viven y entienden esta celebración de la misma manera.

Una lengua que se canta y se comparte

Desde la experiencia en tu’un savi, se relató el Grito de Topiles, que se realiza el 27 de octubre. Los participantes representan este antiguo cargo comunitario mediante cantos y diálogos en la lengua. La música acompaña una práctica en la que las palabras siguen reuniendo a las personas.

La lengua también está presente cuando las familias acuden a limpiar las tumbas o a preparar los espacios de la celebración. Mientras las señoras conviven con sus hijas y familiares, los conocimientos circulan entre conversaciones y tareas compartidas. Aprender ocurre al estar ahí, escuchar y hacer junto a otras personas.

Durante esta participación también surgió una preocupación por las nuevas formas de celebrar que llegan con quienes migran y regresan a la comunidad. El llamado fue a acercar a niñas, niños y jóvenes a la historia de sus familias y al uso de la lengua. Esa inquietud invita a pensar cómo acompañar su aprendizaje y hacerles un lugar en las prácticas comunitarias.

Cantar para recibir a quienes regresan

Leonides Carreño Prado compartió la experiencia mazateca desde los preparativos para recibir a los difuntos. Habló del copal que guía su llegada, del tambor que acompaña el llamado y de los rezos pronunciados en la lengua. Explicó también que se pide permiso a la tierra antes de cortar los materiales destinados al altar.

En su relato, preparar la ofrenda implica reconocer relaciones de respeto con el entorno y con quienes han fallecido. Los alimentos se ofrecen primero a los difuntos y los huehuentones recorren los espacios comunitarios con cantos que hablan de la celebración y de acontecimientos de la comunidad.

Leonides expresó su preocupación al observar a jóvenes que acompañan a los músicos sin cantar. La escena plantea un desafío para la transmisión. Estar presente no siempre significa comprender las palabras o sentirse capaz de pronunciarlas. Desde su experiencia como promotor cultural, compartió el trabajo en talleres para que la niñez conozca los significados de la indumentaria y los cantos. Su reflexión invita a crear oportunidades para que las nuevas generaciones participen también con su propia voz.

La memoria comienza con una semilla

Ignacio Martínez Hernández llevó la conversación hacia La Puerta, en Hidalgo. Allí, los preparativos del Xantolo comienzan en junio, cuando se siembran las semillas de cempasúchil guardadas el año anterior. Las flores del altar tienen, así, una historia de cuidado que enlaza la celebración con los tiempos de la tierra.

El 30 de octubre se conoce como Tlachichiuali, el “día de la compostura”. Las familias preparan el arco, los tamales y la ofrenda. Ignacio explicó que las palabras en náhuatl dan sentido a estas etapas y permiten reconocer su relación con el ciclo agrícola. Cuando dejan de utilizarse, también puede debilitarse la transmisión de esos vínculos.

Esta inquietud tomó una forma íntima cuando contó que su padre recibe a las ánimas con palabras en náhuatl pronunciadas en voz baja. Aún no ha podido escucharlas con claridad y desea preguntarle qué dice. La escena muestra que los saberes familiares necesitan momentos para compartirse. A veces, una pregunta puede abrir una conversación pendiente durante años.

Las experiencias compartidas dejaron una tarea cercana para familias, comunidades y espacios educativos. Preparar una ofrenda, acompañar un recorrido o escuchar un canto pueden convertirse en oportunidades para aprender. ¿Cómo hacer que quienes hoy observan encuentren la confianza y el acompañamiento para preguntar, comprender y tomar la palabra?

Experiencias y reflexiones compartidas por
Abelardo Hernández Hernández, Efraín Venancio Velasco, Leonides Carreño Prado e Ignacio Martínez Hernández, estudiantes de la ULIM.