Dr. Crisóforo Cardoso Jiménez. Director Académico ULIM
Ponencia presentada el 9 de diciembre de 2025, CDMX.
Quisiera comenzar este diálogo planteando algunas preguntas: ¿En qué sentido somos diferentes a otras universidades? ¿Qué hacemos distinto? En nuestro modelo educativo señalamos que contamos con cinco pilares filosóficos y pedagógicos: indígena comunitario, humanista, integral, intercultural crítico y plurilingüe, que en conjunto podemos imaginar como una cruz mesoamericana: el centro y sus cuatro rumbos o fuentes de energía.

En el centro tendríamos lo “indígena comunitario” como pilar principal, nuestra raíz profunda: el cordón umbilical que nos conecta con la tierra y el cosmos. Lo indígena comunitario es un modo particular de sentir, escuchar, ver, comprender y organizar el mundo que, en su conjunto, la academia lo nombra como cosmovisión. Cada pueblo y comunidad posee una cosmovisión compartida por sus habitantes, a partir de la cual producen una episteme, un conocimiento o un saber que han transmitido y recreado durante generaciones.
Para nosotros, lo indígena comunitario es, entonces, una guía de camino y de trabajo para construir y operar nuestra vida académica, así como para desarrollar nuestras actividades docentes y de investigación. En este sentido, podemos afirmar que, antes que humanista e intercultural, somos una universidad indígena; o, si queremos nombrarlo de otro modo, una universidad nahua, purépecha, zapoteca, mixteca, mixe y de todas los pueblos indígenas de México y del mundo.
Aunado al anclaje profundo con el territorio, otro de los componentes centrales de lo indígena comunitario son nuestras lenguas, que hoy agonizan porque sus hablantes fueron maltratados durante generaciones por la escuela y por las instituciones del Estado. Los gobiernos, con un velo colonial, apostaron por construir un proyecto de nación con una sola lengua y cultura, bajo la idea equivocada de que la diversidad lingüística indígena era un obstáculo para alcanzar la modernidad que tanto anhelaban.
Hoy, para la ULIM, la misión —como mandato de los pueblos y comunidades indígenas— es contribuir a la justicia lingüística, histórica y epistémica. Tenemos la responsabilidad de formar profesionistas que, desde distintos espacios, puedan educar, enseñar, transmitir, comunicar, traducir, hablar, escribir y pensar en una lengua indígena, apoyándose en la investigación y la documentación crítica y aplicada; en los medios y la tecnología; en la pedagogía y la didáctica; así como en otras herramientas de la ciencia y en las propias epistemes de los pueblos.

Lo “indígena comunitario” nos permite ir más allá del humanismo clásico que ubica a la persona-individuo como el centro del universo. Nuestro humanismo es integral: con la tierra y el cosmos, y con quienes habitan en ellos. Para nosotros la tierra, el viento, la piedra, la hormiga —el Quetzalcóatl que roba los huesos con los que luego las deidades crean a las personas— o el maíz —con el que los antiguos mayas modelaron a la mujer y al hombre—, todos sienten y se comunican; en otras palabras, también son personas. En este sentido, podemos afirmar que nuestro humanismo es planetario.
Dicho lo anterior, el pilar del este, del nacimiento del sol —en dirección de derecha a izquierda, como fluye el ciclo de la vida y la muerte en la cosmovisión mesoamericana—, el humanismo entre personas que postulamos y debemos procurar en la ULIM, es crítico, antipatriarcal y decolonial, y, por supuesto, con un fuerte anclaje territorial. Sabemos que otras universidades también forman personas desde una perspectiva humanista y crítica, con énfasis en el individuo y, en algunos casos, orientadas hacia la justicia social. La apuesta que, para mí, puede marcar una diferencia es la formacióndesde lo colectivo, orientada al bien común, al territorio y a la dimensión lingüística de nuestras comunidades.
Cuando digo que debe ser antipatriarcal es porque la ULIM debe formar para transformar la violencia estructural que persiste en la sociedad y en nuestras comunidades. Romantizar la vida armónica entre hombres y mujeres en las comunidades —justificada por roles históricos o tradicionales, que en gran medida son una herencia colonial— no ayuda a identificar las desigualdades existentes. Como profesores, debemos acompañar a nuestras y nuestros estudiantes en la identificación de estas violencias; no se trata solo de los maltratos físicos, sino de develar y construir estrategias para transformar las estructuras sociales, económicas y culturales que limitan el acceso equitativo a la educación, al trabajo, a un salario digno, a la participación política y al ejercicio profesional como lingüistas, educadoras o científicas.
Que la ULIM sea decolonial o anticolonial —como propone Silvia Rivera Cusicanqui— implica despojarnos de mentalidades, pensamientos y prácticas impuestas o adquiridas a lo largo del proceso histórico de la colonialidad del poder, del ser y del saber. En otras palabras, como profesores, asesores o facilitadores, en cada una de nuestras actividades académicas, de investigación y de trabajo cotidiano, debemos invitar a nuestros estudiantes a cuestionar ideas como que los seres humanos son dueños de la tierra; que las plantas, los animales o las piedras son solo “recursos naturales”; que su lengua vale menos que el español; que el conocimiento de los pueblos es un “saber menor”; que sus formas de gobierno y justicia son atrasadas; que el conocimiento científico es el único válido; que una persona prieta o morena vale menos que una blanca; que la pobreza es resultado de la voluntad individual o familiar; que las mujeres solo “saben” hacer tareas domésticas y de cuidado; o que el acoso hacia las mujeres es parte de la cultura. Entre muchas otras creencias que debemos desnaturalizar.
Lo indígena comunitario y humanista en la ULIM implica comprometernos con valores como el respeto y la dignidad; la solidaridad y la reciprocidad; la justicia y la equidad; la autonomía y la corresponsabilidad; la honestidad y la transparencia; así como el cuidado de la vida y del territorio. En este sentido, debemos asumir nuestras responsabilidades con la mayor rigurosidad, porque tenemos un mandato y un compromiso con nuestras comunidades, y porque el humanismo no es “ser buena onda”, tampoco a hacer trabajos mediocres.
El pilar del norte, lo integral, implica la formación de la persona en su totalidad. Si bien el papel primordial del profesorado es facilitar el aprendizaje de los contenidos de las asignaturas, cursos y talleres —metodologías, conceptos, teorías y habilidades prácticas—, también debemos procurar una formación en lo axiológico, en los valores mencionados anteriormente. Esto incluye respetar y fortalecer la dimensión espiritual de las y los estudiantes, su conexión con la tierra y el cosmos, así como la recuperación de las filosofías y epistemologías indígenas.
Aunque en este momento no contamos con los recursos suficientes, es fundamental acompañar a las y los estudiantes tanto en lo psicológico como en sus prácticas rituales y de conexión con sus espíritus ancestrales —aunque algunos puedan acusarnos de “fomentar la brujería”—, pues debemos entender que todo ello forma parte esencial de la formación integral.
El pilar del oeste, lo intercultural crítico, implica reconocer a las otras culturas desde su propio punto de vista —o emic, como se denomina en antropología—. Solo comprendiendo al otro es posible establecer un diálogo verdaderamente respetuoso entre culturas, hacer una crítica en su justa dimensión y contrastar nuestras prácticas culturales. Esto nos permite retomar lo mejor de cada una, siempre orientados por la justicia social, lingüística y epistémica, libres de toda violencia patriarcal y colonial.
La interculturalidad que demandamos al Estado, a la clase gobernante y a la élite económica es aquella que reconoce la historia de injusticia hacia los pueblos y comunidades indígenas y que asume la responsabilidad de transformar las relaciones de discriminación, racismo e inequidad que persisten. Es decir, solo podemos establecer una relación verdaderamente intercultural en la medida en que reconozcan su papel histórico en la producción de la desigualdad y estén dispuestos a acompañar la lucha de los pueblos, especialmente en la lucha por la conservación, desarrollo y fortalecimiento de las lenguas indígenas, sin incurrir en paternalismos.
Para nosotros, lo intercultural no subsume a lo indígena comunitario. Como he dicho anteriormente, lo náhuatl, mixe o zapoteco es nuestra raíz profunda. En este sentido, lo intercultural no es sinónimo de lo indígena. Lo indígena comunitario es nuestra base para establecer una relación intercultural con sentido crítico y de justicia. Es más, si no podemos establecer una relación intercultural, seguimos siendo purépechas, tsotsiles o wixaritari.
Por último, el pilar del sur es lo plurilingüe. Este pilar expresa la apuesta por el renacimiento de las lenguas indígenas y constituye la razón fundamental por la que se crea y existe la ULIM. La lengua, como han señalado diversos teóricos, es uno de los medios esenciales que nos permiten ser, sentir y pensar en el mundo. Con ella comunicamos y organizamos nuestros pensamientos; con ella dialogamos con la tierra y el cosmos; con la lengua construimos conocimiento y configuramos un corpus epistémico propio.
Como ULIM, por la justicia a la larga lucha de nuestros pueblos y en cumplimiento de los derechos indígenas y lingüísticos reconocidos en la Constitución, es nuestro deber contribuir a que todas las lenguas indígenas de México se hablen y se transmitan en los pueblos y comunidades indígenas; se utilicen como lenguas de conocimiento e instrucción en las escuelas; se escriban novelas, cuentos y poesías; se componga y se cante música en ellas; se produzcan programas de radio y televisión; se realicen obras cinematográficas; se nombren calles y espacios públicos con nuestras palabras; se elaboren menús de restaurantes y cantinas en náhuatl, purépecha o mixteco; y que la ciencia también pueda escribirse y pensarse en nuestras lenguas.
Dicho lo anterior, la pregunta que sigue es: ¿cómo se concretan estos pilares en la práctica docente, en la investigación y en el proceso formativo?
Los planes y programas de estudio de las licenciaturas de la ULIM lo aterrizan de dos maneras: a través de ejes curriculares y de ejes transversales.
En las tres licenciaturas que ofrecemos hasta el momento, el mapa curricular se organiza en tres grandes áreas: tronco común, profesionalización y especialización. Todas y todos nuestros estudiantes se forman en tres ejes curriculares que constituyen el tronco común:
- Oralidad y escritura en lenguas indígenas
Estas asignaturas tienen como propósito desarrollar habilidades orales y escritas en la lengua indígena de interés del estudiante, así como fortalecer sus competencias comunicativas mediante el estudio lingüístico y sociolingüístico de las lenguas. - Epistemologías indígenas
Su función es reflexionar, valorar y fortalecer los pensamientos, visiones del mundo, filosofías y lógicas de producción del conocimiento de los pueblos indígenas. Busca que los estudiantes desarrollen una postura crítica, analítica y propositiva frente a una realidad compleja construida en gran medida desde la sociedad dominante. También integra la formación político-ideológica mediante el estudio histórico de las luchas indígenas. - Taller de investigación aplicada
Este eje orienta y forma a estudiantes y profesores en la producción de conocimientos aplicados que contribuyan a transformar y resolver problemas concretos y sentidos de la gente, relacionados con la lengua, la identidad y la cultura. Desde este eje se brindan herramientas teóricas y metodológicas para diseñar, ejecutar y evaluar proyectos comunitarios y contextualizados. No obstante, esta formación tiene un componente ético-político: se orienta hacia una producción colectiva del conocimiento, en contra del extractivismo académico y epistémico y, por supuesto, de la mercantilización del saber.
Para anclar la investigación y la producción del conocimiento en el territorio, la ULIM ha diseñado la “vinculación comunitaria e inmersión lingüística” como estrategia pedagógica para comprender a profundidad las problemáticas; es decir, para “poner los pies sobre la tierra” y, desde ahí, generar propuestas de solución en colaboración con los habitantes de la comunidad, respetando sus tiempos y formas de organización.
Al mismo tiempo, la inmersión lingüística ofrece la oportunidad para que las y los estudiantes mejoren sus habilidades de habla y escritura, comprendan con mayor profundidad las estructuras lingüísticas de sus lenguas, los mecanismos de transmisión intergeneracional y las pedagogías propias de cada pueblo.
A estos ejes se suman seis ejes transversales, que constituyen la médula ética y epistémica del Modelo Educativo. Se entrelazan con la práctica docente e investigativa y orientan todas las acciones pedagógicas, comunitarias y formativas:
- Lengua, lenguaje y comunicación: El uso de la lengua indígena no se limita a lo comunicativo: es el corazón del proceso pedagógico. Como sostiene Ngũgĩ wa Thiong’o (1986), la lengua porta cosmovisión y memoria histórica. Su fortalecimiento asegura aprendizajes anclados en la identidad cultural y en la revitalización lingüística.
- Epistemologías indígenas: Los procesos formativos se basan en metodologías propias de los pueblos, reconociendo la legitimidad de los saberes ancestrales. Siguiendo a Mignolo (2010), estas epistemologías fronterizas desafían la hegemonía occidental. La interculturalidad crítica (Walsh, 2013) orienta un diálogo de saberes horizontal y emancipador.
- Valores y organización comunitaria: El aprendizaje colaborativo y la vinculación con la vida comunitaria refuerzan la reciprocidad, la ayuda mutua y el consenso. Como señala Jaime Martínez Luna (2003), la comunalidad es un principio rector de la vida indígena y debe guiar también la educación.
- Artes y estéticas indígenas: Las expresiones artísticas son formas de conocimiento y transmisión cultural. Catherine Walsh (2013) destaca que el arte indígena es también una práctica política y pedagógica que documenta y resignifica la memoria colectiva.
- Derechos indígenas: Es importante que las y los estudiantes estudien y conozcan los instrumentos jurídicos nacionales e internaciones que reconocen los derechos colectivos de los pueblos y las comunidades indígenas y afromexicanas, como la Reforma al Artículo 2 en materia de derechos indígenas, así como el Convenio 169 de la OIT y la Declaración de la ONU, en diferentes ámbitos, educativo, cultural, lingüístico, tecnológico, etc.
- Género y diversidad: La perspectiva de género y diversidad se incorpora en todos los procesos académicos y comunitarios. Siguiendo a Julieta Paredes (2015), el feminismo comunitario desmonta las estructuras patriarcales desde una mirada situada. Esto implica garantizar igualdad de participación, reconocer la diversidad sexual y respetar todas las formas de vida.
Para concluir, quiero expresar que la ULIM no es solo un proyecto educativo para pueblos indígenas. Es un ejercicio vivo de lo indígena comunitario y del humanismo contemporáneo, crítico y social. Encarna la “repolitización adecuada” de la universidad, donde la especificidad académica se pone al servicio de los pueblos y las comunidades indígenas. Nos demuestra la ULIM debe, por coherencia, ser mixe, zapoteco, nahuatl, puerepecha, descolonizador y antipatriarcal.
